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El Teatro Real presenta la ópera de Richard Strauss en una nueva producción de Robert Carsen, con Nina Stemme y dirección musical de Jesús López Cobos
Salomé se va a Las Vegas
Imagen del montaje en Turín /ABC
Publicado Miércoles , 07-04-10 a las 11 : 22
Siglo XXI. ¿Dónde se puede encontrar gente que vista túnicas bíblicas? ¿Cuál es el lugar que representa el exceso más absoluto —codicia, frivolidad...—? La respuesta la encontró Robert Carsen en Las Vegas, ciudad norteamericana donde el director de escena canadiense ha decidido trasladar su nuevo montaje de «Salomé», una coproducción entre el Teatro Regio de Turín, el Maggio Musicale Fiorentino y el Teatro Real de Madrid, donde se estrena el próximo domingo.
En este montaje, los espectadores madrileños podrán disfrutar de un registro muy diferente del director canadiense, del que ya se han podido ver dos soberbios montajes en Madrid en años anteriores. «Diálogo de Carmelitas» de Poulenc y «Katia Kabanova». De marcado minimalismo ambos, «representaban problemas más íntimos que tienen que ver con la psicología interior de los personajes». Ahora su trabajo se torna más kitsch, lleno de excesos, como la propia obra que le ocupa, «Salomé», de Richard Strauss.
Inspiración bíblicaInspirada en el texto bíblico, la retomó Oscar Wilde a finales del XIX, subrayando los aspectos más depravados —necrofilia, sexualidad—, loque le valió el rechazó de la sociedad victoriana y serios problemas para poder estrenarla en Inglaterra. Richard Strauss vio la obra traducida al alemán y le pareció oportuna para convertirla en su tercera ópera, y a pesar de algunos problemas pudo estrenarla finalmente en Dresde en 1905. Algunos vaticinaron que perjudicaría su carrera, pero marcó un hito en la historia de la música.
Carsen ha querido acercar la historia al público de hoy pero intentando preservar los temas esenciales: la codicia, la frivolidad, la envidia... Y el lugar dónde ha encontrado su escenario ideal es nada menos que la bulliciosa capital del juego, Las Vegas, «donde todos van en buscan de dinero, y quieren ser los más guapos, los más jóvenes», y en particular un casino, César Palace, «un lugar donde la gente va vestida incluso con túnicas», broma. Aunque, reconoce, que se trata de «una trasposición poética».
Lo kitsch y lo excesivo confluyen en este montaje en que Carsen ha querido mostrar a una Salomé, interpretada por Nina Stemme (en su primer papel operístico en el Real), víctima de su propio entorno, una madre que traiciona a su marido para casarse con Herodes, quien más tarde, empujado por la lascivia, le hace una promesa mortal a la adolescente. Para Carsen, frente a esta carencia de códigos morales, Salomé, «que no es un monstruo sino una víctima de sus padres», busca desesperadamente un referente de amor, y lo encuentra en Juan el Bautista (que en este montaje aparece encerrado en una cámara seguridad del casino), quien, sin embargo, la rechaza. «¡Ah! He besado tu boca, Iiokanaán (como le bautizó Oscar Wilde a Juan el Bautista). ¡Ah1 he besado tu boca, había un gusto amargo en tus labios. ¿Sabía a sangre? ¡No! Pero quizá sabía a amor. Dicen que el amor tiene un sabor amargo. Pero, ¿qué más da? ¿qué más da? He besado tu boca, Iokanaán. He besado tu boca».
Piedra angularLa piedra angular de la historia es la archiconocida danza de los siete velos, «una venganza de Salomé hacia sus padres», que Carsen conserva pero transforma «de una más pervertida», indica Jesús López Cobos, poniéndose al frente de 95 músicos pues se tocará la versión completa (a veces por problemas de espacios se han interpretado otras con menos instrumentos). Esta gran orquesta requiere de una gran voz, como es la de Nina Stemme, que ya interpretó este personaje la pasada temporada en el Liceo de Barcelona.
López Cobos destaca la importancia de esta partitura, «que al igual que la historia original marcó una ruptura entre el paganismo y el cristianismo, la versión operística marca un cambio de siglo en el aspecto musical». Con su tercera ópera, Strauss siguió la línea wagneriana «a la hora de incluir un decena de leitmotives pero también incursionó en los nuevos lenguajes musicales, incluyendo disonancias. Su música era muy descriptiva». Un camino en el que no se quiso adentrar mucho más —sólo con «Elektra»— volviendo al clasicismo con «Rosenkavalier». A pesar de ello, López Cobos considera que Strauss «fue el impulsor de la ópera del siglo XX».
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