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Disección de una tormenta

Libros Por redaccion.

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16 de julio de 2005 - número: 702
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Continúa Menchu Gutiérrez dando prueba de la fuerte personalidad de su voz literaria con esta novela corta, que invita al lector a modificar el sentido de su propia percepción del género. Nos encontramos frente a una narrativa que cuenta una historia, pero que no adopta los requisitos de desarrollo externo de una trama, sino en todo caso de una interioridad que invita a una interpretación simbólica. La obra decide ser más bien una pequeña fábula que disuelve la historia en un imaginario poético casi surrealista, donde el sueño, las sensaciones, las pesadillas y los límites de la locura van imprimiendo a la historia una sucesión de fragmentos, en pequeños capítulos, cuya evolución externa es mínima, pero cuyos estratos internos están llenos de sutiles metamorfosis.

L

DISECCIÓN DE UNA TORMENTA
Menchu Gutiérrez

Siruela. Madrid, 2005
114 páginas, 15 euros
a protagonista femenina, de la que no se ofrece nombre, acaba de ingresar en una Institución, llamada siempre así, La Institución, situada en un lugar de la montaña, semejante al que inspiró La montaña mágica, de Thomas Mann, rodeado de nieve, con glaciares cercanos. El lector va sabiendo que es una institución psiquiátrica, pero especializada en el verdadero leit motiv del libro: el cabello, el pelo, porque no hay capítulo que no reproduzca de una u otra forma esa obsesiva imagen del pelo que ha sido rasurado, como si en el cabello residiese la seña de la propia identidad.

El lector va asistiendo a cómo la protagonista vive el desarrollo del conocimiento de distintos lugares de la Institución con unos pocos personajes que aparecen junto a ella.

El de mayor relieve es el enigmático Director, que es quien dirige las entrevistas con los internos, como si de un psiquiatra se tratase. Hay una leve relación sugerida de dependencia de la enferma respecto a esta figura. Hay otras figuras con las que apenas se comunica, porque la única con la que lo hacía es misteriosamente retirada del centro. Hay un joven tonsurado, y ningún otro personaje adquiere individualidad.

Imaginario romántico. Las decenas de formas que va adquiriendo la obsesión desembocan en la metonimia de la tormenta, como si fuese un final, una muerte, para la que deben estar preparados. Al final sabemos que este cuaderno y su escritura es el umbral del conocimiento último.

Recordará el lector el cuarteto de Schubert titulado La muerte y la doncella, y este libro es una glosa de algunas imágenes fundamentales del imaginario romántico, básicamente la dialéctica locura/cordura, atravesada por las de olvido/memoria, muerte/vida, sueño/vigilia, consciencia/inconsciencia. Para los que han sido lectores de Schiller, de Schelling, de Novalis, ese brote idealista en el que se basa la impronta más fuerte del imaginario romántico, este libro es un disfrute, que esconde a la vez el homenaje a los poderes poéticos de la imaginación como forma de la locura. En ese sentido, los capítulos se comportan como poemas en prosa en los que un mismo motivo, el del pelo como figura de una identidad perdida, degollada, es constantemente repetido, con sus múltiples variaciones. Es el triunfo del irracionalismo por medio de la instauración de una imagen que repetidamente va seccionando el sentido de una cárcel, la del sueño y la del olvido, que es la única que nos podrá liberar de la otra cárcel, la de la memoria.

Hay también en cierto sentido la figuración de una historia colectiva, como si simbólicamente lo ocurrido a la protagonista remitiera finalmente en su propia pesadilla a la vida como múltiple mutilación de los sueños, de las irracionalidades, de los miedos, de todo aquello que conforma el ser libre, ajeno a toda sumisión o gregaria identidad. Por eso Disección de una tormenta, que está formidablemente escrito, con una delicada sutileza muy poco común, no debe el lector remitirlo solamente a la instancia poética de su factura como capricho o exploración individual de una sección del pensamiento poético, sino en cierta modo, a ser esta vía, la poetización creciente que adopta su secuencia, la única que puede decir realmente la cárcel de la comunidad racional a la que están sometidos los protagonistas.

Hay una última dimensión que proporciona interés crecido a este libro de Menchu Gutiérrez: su carácter metaliterario. Finalmente las figuras del pincel o del trazo que está construido con el pelo que han rasurado es capaz de ser la imagen de la poeta en el trance de decir la soledad, la incomunicación, la ablación de sus potencialidades creadoras por unas instituciones colectivizadoras, paternalmente benefactoras sólo en apariencia.

Incomunicación. Por ello creo que sería un error interpretar esta fábula como un ejercicio sobre la locura. La imagen clásica de la locura del Ión platónico, con sus singulares metonimias de la enajenación sufrida por el rapsoda guiado por las Musas, está presente en Disección de una tormenta, pero la presencia de la Institución, de su Director y de los espacios de silencio y represión a que son sometidos, en previsión de la Tormenta, está alargando el clásico tema del vate como médium enajenado, y viene a resituar ese tema frente al lector contemporáneo. La soledad se convierte entonces en un lugar social, comunal, y en cierta medida, con esas imágenes del dolor por la creciente sima de incomunicación, o del sufrimiento por la rasuración del cabello, suponen además una pesadilla constante. Remiten a la imagen de esa otra cárcel que expulsa la creación, la individualidad, la vida, a favor de una paternal sujeción a unos dictados no comprensibles.

M. Gutiérrez ha ofrecido un libro a la vez poético y reflexivo, muy sutil, dirigido a paladares muy exigentes,  enraizado en una veta literaria europea que la narrativa española explora pocas veces, y que cuando lo hace con esta calidad, merece aplauso.

José María Pozuelo Yvancos

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