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Miguel Boyer: «En la sucesión de Aznar no se ha producido la situación del relevo de González, que fue terrible»

Actualizado 17/11/2002 - 00:33:36
Miguel Boyer, en su despacho de la Confederación de Hidrocarburos, de la que es presidente
Miguel Boyer, en su despacho de la Confederación de Hidrocarburos, de la que es presidente
MADRID. La vida pública, y hasta privada, de Miguel Boyer Salvador son siempre objeto de alharaca y ruido desde que Felipe González le nombrase superministro de Economía y Hacienda en el primer Gobierno socialista. Veinte años después, su aparición en la Fundación FAES, el laboratorio de ideas que José María Aznar ha confeccionado a su medida para cuando deje el poder, ha situado a Boyer de nuevo en el primer plano del debate político.
Reconvertido al liberalismo desde la socialdemocracia, Boyer quita hierro a la importancia política de su ingreso en la FAES, y se declara convencido admirador de la política aznarista. Desde su despacho de la presidencia de CLH, el ente nacional de hidrocarburos, el brillante economista analiza la actualidad procurando pasar por encima, con exquisito cuidado, de susceptibilidades, rencores y viejos desencuentros. Tanto que elude los juicios sobre González y la corrupción, y se niega en redondo a dar explicaciones, a micrófono abierto, sobre el episodio más ruidoso de su carrera: la expropiación de Rumasa.
-Cuando una personalidad como usted pasa del entorno de González al de Aznar, ¿qué ha cambiado? ¿Usted, Aznar, González?
-Todos. Hemos cambiado todos. A Keynes le espetó alguien: «Oiga, usted ha cambiado varias veces de opinión». La respuesta fue: «Yo, cuando me doy cuenta de que estaba equivocado, cambio de opinión. ¿Usted qué hace?» Seguramente, el interpelante sería partidario del «sostenella y no enmendalla», o de «Con la patria siempre, tenga razón o no». Yo estaba situado en la zona liberal de la socialdemocracia, cuando ser socialdemócrata era una cosa casi delictiva en el PSOE, que se proclamó en 1976 marxista de clase y revolucionario, y mire usted que ahora el socialismo está en traducir la tercera vía, que pasa por reconocer, como hace Giddens, que la teoría económica clásica del socialismo estaba equivocada palmariamente, y que lo que hay que conservar son los valores que inspiraron siempre a la izquierda: las ideas de libertad, de justicia, de solidaridad, de igualdad de oportunidades... Mi única discrepancia con Giddens es que esos valores, afortunadamente, no son monopolio de la izquierda.
-Giddens propone actualizar las respuestas de la izquierda a los problemas que plantean hoy esos conceptos.
-Sí, dice creer que la derecha no puede encarnar esos valores. Yo no creo en absoluto que la libertad, la imparcialidad de la justicia o la solidaridad con los débiles tengan que ser la bandera solamente de la izquierda. Creo que el liberalismo reformista viene siendo, desde el siglo XIX, partidario de esos valores. Afortunadamente, después de la experiencia del siglo XX hemos pasado ya esas confrontaciones totales y absolutas, y hemos llegado a una etapa en la que los principios morales o éticos no son patrimonio de ningún partido. El problema es cómo instrumentar, cómo hacer reales esos ideales y objetivos compartidos, y quiénes lo hacen mejor.
-Hacer política, vaya.
-Sí. Pero esto es difícil. Fíjese cómo Blair, por ejemplo, que insistió mucho en lo significativo de una política internacional y con bases morales, de repente se ha pegado de forma incondicional al señor Bush y al amigo Rumsfeld, que tiene colgado en su despacho del Pentágono un cuadro con una cita de Al Capone. Colin Powell tiene colgada una cita antibelicista, maravillosa, de Tucídides. Dios le ampare.
-¿Y usted en la FAES va a ser el Giddens de Aznar?
-No, mi papel se ha exagerado totalmente. Son cosa de titulares, que si el ideólogo y tal. Entiendo que en la Fundación se harán estudios, se harán análisis, y supongo que me llevan por diversificar, dentro de unas coordenadas, los puntos de vista a tener en cuenta. He oído al secretario general de FAES que no va a ir contra nadie, ni es un asunto de pura militancia ni de confrontación política; es una institución para reflexionar sobre problemas y soluciones. Una cuestión de ideas.
-¿Y Aznar escucha? Porque parece que el poder impide escuchar.
-Eso depende del carácter de cada uno. A Felipe González le escuchábamos mucho y él escuchaba mucho...
-Sólo al principio.
-Escuchaba; pretérito imperfecto. A Aznar le gusta escuchar y conversar, y a mí escucharle y hablar con él. He conocido bastantes personajes que escuchan, y otros menos importantes que son insensibles al diálogo y al consejo, que parece que no necesiten, ni quieran, escuchar a nadie más.
-Por cierto, usted de alguna forma participó en el debate inicial en el entorno de Aznar sobre la idoneidad de aceptar o no la convergencia y la moneda única, ¿no?
-A finales de los ochenta, en lo que fue mi última visita a Moncloa socialista, estuve con González, con Ángel Rojo, con Solchaga, en la reunión en que se decidió entrar en el sistema de bandas estrechas del Sistema Monetario Europeo. En la zona de Aznar se escuchaba mucho a García Díez, persona de las más inteligentes que he conocido, y estaban preocupados por las exigencias que implicaba el sistema monetario europeo. Yo también tenía grandes dudas sobre la conveniencia de lanzar la unión monetaria sin una preparación más larga. Pero en el momento en que Francia y Alemania decidieron ir a la moneda única no era viable quedarse fuera.
-Hubo un momento en que Aznar dudó, ¿verdad?
-Y los conservadores y los laboristas ingleses. Y Schroeder. Y Prodi, que vino a intentar un acuerdo para frenar el proceso. Aznar tomó una decisión valiente, bien aconsejado por Rato, no aceptó y Prodi se enfadó mucho. El asunto era dudoso en el 95 y el 96, porque las condiciones de partida eran muy difíciles. Pero no seguir a Francia y Alemania hubiera resultado muy gravoso.
-Según ese esquema, ahora habría que darles también la razón cuando piden flexibilidad en el ajuste del déficit.
-Esto es un asunto más técnico. Yo creo que los presupuestos, si se puede, es mejor hacerlos equilibrados. Echar mano del déficit para aumentar el gasto social es basar éste en la precariedad. El Estado del Bienestar hay que financiarlo con los ingresos regulares. Lo que habíamos aprendido en los buenos libros sigue siendo cierto: el presupuesto equilibrado es un estabilizador automático. Tiene además la ventaja de que, al reducir la carga de intereses, la deuda, que en el 95-96 ocupaba cinco puntos del PIB, a un punto o menos (ahora estamos en tres), te deja cuatro puntos para hacer cosas de una manera permanente.
-Pero cuando a alguien se le va de las manos el control...
-Eso ha pasado en Francia y Alemania. Empeñarse en obligarles a equilibrar rápidamente los presupuestos, en coyuntura baja, es aumentar la recesión. Ese fue uno de los errores garrafales que cometió el FMI en Argentina. No hay que ser fanáticos del equilibrio en coyuntura de recesión, aunque sea un objetivo razonable y estabilizador.
-¿Es una simpleza identificar liberalismo con equilibrio y socialdemocracia con déficit?
-Ese debate ya existía antes del 82, aunque no se sabía hasta dónde estaba llegando el déficit. No es buena cosa tener un déficit permanente, dejar para el futuro el pago de cosas que se están haciendo ahora, entre otras razones porque el futuro es menos rosado de lo que habíamos pensado. El horizonte no es para dejar deuda pública y seguridades sociales sin resolver. Se equivocaría el PSOE si hace una bandera del déficit pensando que es progresista por naturaleza. Lo bueno es un presupuesto equilibrado, y si por coyuntura hay que aceptar algún déficit pequeño, pues qué remedio...
-¿Y eso de que bajar los impuestos es de izquierdas?
-Se ha visto que que bajando los tipos se puede no perder recaudación. El PP hizo la primera propuesta de rebaja del IRPF en un momento en que España tenía más presión fiscal por el impuesto sobre renta que Francia, y los expertos del PSOE dijeron que iba a reducir un billón de pesetas la recaudación. Y no costó eso, porque se extendió la base y la gente hace menos ingeniería financiera para eludir los impuestos. ¿Usted cree que los empresarios van a dejar que les quiten el 72 por 100, como llegaron a tener, teóricamente en el IRPF de Inglaterra, y en estados Unidos? Pues se dedican, en vez de a trabajar más, a ver cómo les quitan menos. Pero yo no tengo ganas de atacar a los socialistas, ni de hacerle una trinca al PSOE, a menos que reciba ataques personales de mal estilo. Pero en fin, unas veces dicen que el PP ha subido la presión fiscal, otras veces critican que la baje... Los partidarios de subir la presión fiscal tendrían que decir dónde. Es en las cotizaciones sociales y en los impuestos indirectos  donde están las mayores distancias con la media europea. Y nadie se declara entusiasta de subir las unas y los otros. Compensar esa distancia sólo con el IRPF no acerca a la estructura fiscal europea. 

-Ya que hablamos de los socialistas, ¿qué opinión tiene de Zapatero?

-Buena. Me parece una persona sensata, que ha actuado con inteligencia. Le han reprochado que no hacía una guerra a muerte, le han hecho la vida difícil, y ahora parece que se ha consolidado y creo que tiene mérito, porque no le han ayudado mucho. Hace tres meses le decían que había hecho el relevo generacional pero que no tenía proyecto ni alternativa. Con esa ayuda no necesitaba enemigos.

-¿Le recuerda al Felipe de los primeros tiempos?

-Cuando yo conocí a Felipe González, era una persona que no actuaba con ninguna mezquindad, que no entraba en zancadillas. Eso me atrajo mucho. Creo que Zapatero tiene ese talante, y ojalá le dejen seguir siempre en esa línea de no jugar sucio...

-Para eso se necesita alguien que juegue sucio, como Alfonso Guerra.

-Lo de Alfonso era un poco escaparate de malo. No era tan malo, yo estuve sentado en el Gobierno con él tres años, y me dedicó un libro llamándome «cíclope de la economía española». Le pregunté si me estaba llamando gigante o tuerto.  Le gustaba ir de enfant terrible, pero no era tan malo como le hubiera gustado hacer creer.

-De todas formas, Felipe y Guerra jugaron mucho más duro contra Suárez que Zapatero contra Aznar.

-Es verdad que hubo una lucha sin cuartel, aunque parece que se han olvidado las campañas contra Adolfo, como si se le hubiera tratado con guante blanco. Yo lo recuerdo muy bien, y a Adolfo Suárez no lo tratamos con guante blanco. Para nada. Se le hizo una campaña terrible de heredero del fascismo, de candidato a subirse al caballo de Pavía.

-El caso es que Aznar no ganó hasta que también jugó muy duro con González, achicharrándolo. ¿Qué pasa, que si no das leña no ganas?

-No, elecciones las pierde más el partido gobernante que las gana la oposición. Achicharrar a Suárez no acabó con él; acabaron sus compañeros y el partido que había hecho murió de muerte natural. Los españoles le dieron una prórroga a Suárez en el 79, y a González también se la dieron en el 93, a pesar de lo que estaba cayendo, porque el electorado es en el fondo bastante continuista.  Pero con Felipe no acabaron las campañas, que indudablemente las hubo, y muy crueles; él está muy dolido por eso, pero la situación era objetivamente muy complicada. Y él aguantó más tiempo del que probablemente hubiera debido resistir.

-En ese sentido, ¿la autolimitación de mandatos de Aznar le parece positiva?

-Yo pienso que no eternizarse en el poder es muy saludable. Llega un momento en que uno cree que lo sabe todo y carece de estímulos, se cae en la pereza mental y no hay empuje. Yo creo que es saludable retirarse a tiempo. Quizá yo habría esperado más, sin anunciarlo con tanta antelación como hizo Aznar, pero bueno, le está saliendo asombrosamente bien. Y además, tiene un elenco de primera línea con posibilidades sucesorias. Excelente. Los candidatos que hay son muy buenos, y están llevando la situación con elegancia y marcando los matices ordenadamente.

-¿De verdad lo cree así?

-A mí me parece interesante que los españoles oigan lo que dice cada uno de ellos, y eso lo están haciendo bien. No se ha producido la situación del relevo de González, que fue terrible. Claro que él casi había reinventado el Partido Socialista, pero los acontecimientos fueron a dirigentes muy destacados y merecedores de mejor suerte, como a Solchaga, a Borrell, luego a Almunia... Era  muy difícil, la sucesión de González. Muy difícil. Aznar tiene una segunda línea muy completa. Uno es muy representativo de un gran éxito del Gobierno, que es la política económica, otros son representativos de otro gran éxito, que es el de la defensa de la Constitución y del combate contra la violencia, con la ley en la mano... eso los españoles lo perciben perfectamente.

-Pero hay una especie de primarias demoscópicas, con encuestas.

-Es curioso cómo cambian las cosas. El PSOE hizo un gran elogio de las primarias y dio muchas lecciones de democracia, y se arrepintió enseguida. Bueno, pues esto son casi unas primarias con varios candidatos, ante la opinión pública, que es casi más importante que la militancia. Esto no se parece a un «dedazo», ni la designación por aclamación de un candidato único.

-¿Que no?

-Yo no tengo experiencia interna en el PP, pero supongo que decidirá un congreso. Yo no percibo que Aznar esté diciendo: «éste es el hombre».

-Que lo esté diciendo, no. Pero que lo va a decir, sí.

-El comienzo no va por ahí. Y, si al final apoya a alguien, supongo que será porque se ha destacado en la opinión pública y en la del partido. Yo no veo un proceso «mexicano» en modo alguno. Ahora un profesor de teoría política, afín al PSOE, escribe que eso de tener varios candidatos posibles a la presidencia del Gobierno hace parecer al PP ¡una hidra! Caramba, qué cambio, después del elogio de las primarias.

-Cuando dijo que estaba de acuerdo con más de la mitad del proyecto del PP, nos quedamos con las ganas de saber con qué no está de acuerdo...

-En la barahúnda de micros que había en la presentación de FAES, desapareció la primera parte de lo que dije, que fue era que yo he vivido la experiencia de estar 35 años en un partido, relativamente incómodo por las acusaciones de desviacionismo liberal, sé lo difícil que es estar de acuerdo con todos los militantes de un gran partido en más del 50 por 100 y que, con el PP, estoy de acuerdo en más del 50 por 100. Lo dije, sobre todo, por no molestar a ningún veterano del PP, que podría decir: «¿y cómo va a ser éste representativo de nuestro ideario, si viene de la tradición republicana y del primer Gobierno socialista, etcétera?» Intento no complicar la vida a nadie, ni la mía. Pero ya que muestra usted la maliciosa intención del periodista, le diré que coincido en mucho más del 50 por ciento con el proyecto del PP.

-Diga entonces en qué coincide más.

-Pues, aparte de una política económica excelente, la forma en que ha hecho la defensa, muy firme,  del Estado autonómico tal como lo delinea la Constitución del 78. Esa es una de las grandes bazas de Aznar, de Jaime Mayor Oreja y del PP, aunque hay que recordar, a renglón seguido, a las muchas personas heroicas, tanto del PP como del PSOE, que se juegan la vida todos los días por esa defensa. Pero ésa es, como digo, una de las grandes bazas del PP y una de las cosas que debe cuidar el PSOE son las incertidumbres que se manifiestan en su seno sobre el modelo de Estado, con tesis de autodeterminación, que desintegraría no sólo España, sino toda Europa, y retóricas federalistas, que destruyeron la Primera República y que Azaña y los socialistas rechazaron, muy sensatamente, para la Segunda. Y luego, creo que el viaje al centro es otro de los éxitos certeros de Aznar. El éxito de haber dirigido hacia el centro a una gran parte de la derecha española. También tuvo un éxito parecido González, cuando recondujo la tradición marxista del PSOE.

-¿Ha ido mucho últimamente a la Moncloa?

-Alguna vez, a cenas con escritores o empresarios, un par de veces en estos seis años. Y otras pocas solo, a hablar de política.

-¿Qué opina de la polémica sobre el salto a la política de Ana Botella?

-No sé si lo va a dar o no, pero me impresiona que esté considerando ser concejal. Podría ser diputada o cosas más altas en el escalafón... Le dije a ella que me había impresionado que piense en ir de la Moncloa al nivel más primario que tiene la democracia representativa.  Tiene su belleza.

-En el PSOE dicen que usted actúa por despecho tras su desencuentro.

-¿Despecho de qué? No voy a contestar a los que, a falta de ideas, recurren a descalificaciones personales. Yo ya tuve un papel destacado en la política, y si hubiera querido continuar teniéndolo, me habría quedado en el Gobierno, como quería González. Han pasado casi veinte años, y no pretendo volver a ningún cargo, sólo colaborar en una fundación, en las ideas, en la preocupación por los problemas del país. Tengo mis ambiciones políticas totalmente colmadas, no deseo ser ministro otra vez ni tengo afán de venganza contra nadie, ni resentimiento. Me ha ido bien.

-¿Le dolió que no lo invitaran a la efemérides de Vista Alegre?

-No, era absolutamente lógico. Soy el único de los ministros de entonces que ha dejado el PSOE. Era un acto de propaganda, con el buen motivo de celebrar el 20 aniversario del Gobierno socialista, y la  reconciliación escénica y el rencuentro de generaciones. No tenía sentido que me invitaran, y si por cortesía formal me hubieran invitado, ni se me habría pasado por la cabeza ir.

-¿Usted sigue siendo socialdemócrata?

-No, un liberal. Dentro de que las distancias de ideas son bastante pequeñas, entre el liberalismo reformista y el socialdemócrata. Muchos creímos en las empresas públicas, en el estatismo, y luego resultó que no eran en modo alguno instrumentos de modernización. Tenemos que volver a los valores del liberalismo del XIX, antes de que todo el mundo, como dice Isaiah Berlin, se pusiera a cantar la violencia y la lucha de clases como motor de la Historia, que ya se ha visto cómo acaba.

-¿Y el PSOE sigue siendo socialdemócrata?

-Sí, yo creo que sí. Pero a lo mejor no le falta mucho para llegar a la «Tercera Vía».

-¿Y Aznar, qué es, un centrista, un liberal, un democristiano?

-Aznar, que  viene de una tradición distinta, siente un interés claro y sincero por el centro. Yo veo que empuja en esa dirección, y ha recorrido un gran camino. Actúa con gran sensatez, una sensatez admirable. 

-Pero tiene un tirón conservador, en materia social sobre todo.

-No lo creo en absoluto. Se podría decir que acaso en el tema religioso hay una cierta tentación del centro derecha europeo de apuntarse los votos de los creyentes... pero Aznar es consciente de que es malísimo mezclar los valores religiosos con la política. Se lo he oído varias veces: malo para la religión y malo para la política. Tampoco el PSOE ha caído en la tentación contraria. Cuando era presidente del Banco Exterior, González me llamó para pedirme dinero para acabar la Almudena. Luego, después de una cena en la Moncloa con el cardenal Suquía, le dije que jamás creí que me fuera a pedir eso. Y él me dijo: «Yo tampoco lo hubiera creído».

-¿Por qué se fue usted del Gobierno?

-Ya lo he explicado. Hubo una crisis de Gobierno que Felipe podía haber resuelto en 24 horas, y que acabó en un pulso abierto entre Alfonso Guerra  y yo.

-A ver quien acaparaba más poder.

-No. El asunto es que con tres ministerios fusionados en uno, Hacienda, Economía y Comercio, yo estaba solo en el Consejo como ministro encargado de pagar, y todos los demás eran ministros de gasto. Era inevitable que todos los ministros de gasto fueran contra el de Hacienda, una presión insufrible, un desgaste tremendo. Al principio, González y yo creímos que había que cambiar esa regla de juego, o yo le interpreté así. Si González hubiera decidido una cosa u otra en 24 horas... pero se le pudrió la crisis, empezó a moverse el ala guerrista, y se convirtió en un pulso.

-Acaba de fastidiar la explicación romántica de que se fue por amor.

-Sí, una lástima para la novelística, pero no fue eso. Si hubiera habido una solución, yo habría seguido, aunque no fuera como vicepresidente.

-En vez del amor, la erótica del poder.

-Algunos amigos míos creían que me gustaba mucho mandar. No es así. Me gustaba mucho más hacer cosas importantes, que sean útiles a mucha gente. Notarse uno enraizado en su país, que puede arreglar cosas... Si me hubiera gustado el poder me hubiera quedado a ver qué pasaba, que al final, si estás, acaba pasando.

-¿Se siente escrutado?

-Me siento escrutado desde hace mucho tiempo y por cualquier cosa. Esto mismo de la FAES, algunos lo toman como una declaración de guerra, en periodo preelectoral... pero si yo ya no estoy en escena, no entiendo la importancia de que yo colabore en reflexiones generales...

-En el PSOE dicen que su estilo de vida no encaja en la tradición del partido.

-Yo siempre he vivido bien, porque aunque empecé a ganarme la vida dando siete horas de clase al día a chicos de preuniversitario en la Academia Krahe, y de Física en segundo de Ingenieros de la Telecomunicación, mientras terminaba Económicas, la familia de mi madre era bastante acomodada. Tenían un edificio de cinco pisos en la calle Velázquez y una finca para veranear en el País Vasco, de cuatro hectáreas. Al parecer, no era un problema grave durante los treinta y cinco años que pasé en mi equipo anterior. Es verdad que no había muchos candidatos a jugarse la cárcel. Si mi prioridad hubiera sido vivir bien, jamás hubiera estado tanto tiempo en el PSOE y con el PSOE. Por otra parte, tampoco es obligatorio para los cristianos el estilo de vida de Jesucristo y sus apóstoles.

-Usted es consciente de que su estilo, su talante, su éxito personal, su éxito con las mujeres, le ha granjeado una cierta antipatía social?

-Si lo primero fuera cierto, lo segundo sería falso. Pero, en fin, es posible, porque las personas que somos más bien tímidas, tenemos dificultad para transmitir mensajes seductores. Tampoco me preocupa demasiado; no me presento a ninguna elección.

-¿Cómo lleva la repercusión mediática de su mujer, Isabel Preysler?

-Bien, estupendamente. Ella es perfecta, aunque yo finjo no darme cuenta para mantener el control de la situación, y entre sus perfecciones está la de ser extraordinariamente simpática. Procuro pegarme mucho a ella, por si se me contagia algo. Y, aunque lo siento por ella, tengo mi esperanza puesta en que sea verdad el dicho según el cuál, en los matrimonios largos, los cónyuges acaban pareciéndose.
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